Recuerdo que estaba resentida por no haberme llamado por mi
cumpleaños. Fue hace una semana pero igual seguía resentida. Tanto así que le
escribí a mi prima, tu camote, para saber si la habías llamado o había recibido
un mensaje saludándola por su cumpleaños. Pero no. Me dijo que tampoco la
habías llamado. Todavía siento ese aire caliente que me subía desde el estómago
hasta la cabeza, mientras esperaba su respuesta. Era como escuchar ese
tamborileo típico de los circos antes de develar el conejo en el sombrero, o el
cuerpo desaparecido en una caja. Lo siento clarísimo. Y también ese alivio al
escuchar: a mí tampoco me escribió. Aunque lo confundo luego con un leve
asombro, un poco de miedo. ¿Por qué no llamaste?
Estabas de viaje. Pero y ¿un teléfono cualquiera? No creo
que sea tan difícil encontrar teléfonos públicos en donde te encontrabas en ese
momento. Pero nada, lo importante era saber de ti y saber que estabas bien. Que
nada malo te había pasado y que pronto volverías a estar de nuevo con nosotros…
Algún día volverías…
…Y ese día llegó…
Después de casi 4 años llamaste a la casa y dijiste “ya estoy llegando, ábranme la puerta”. Corrimos
todos al garaje y abrimos la puerta esperándote con ganas de abrazarte y
contarte todas las cosas que habían pasado en todo ese tiempo que estuviste
lejos. Queríamos aprovechar cada minuto, cada segundo perdido. Simplemente no
puedo describir la alegría que sentía. Era increíble. La sonrisa parecía taladrarme
los cachetes de tanto tenerla congelada. Repito, era increíble. Me dijiste que
llamaste muchas veces y que seguro tendría 20 llamadas perdidas al celular,
pero nada de eso importaba ya.
Verte con esa alegría, abrazándola fuerte, y dándole esos besos
cortitos en los cachetes, frente y manos, era lo mejor de todo. Creo que hasta
podía escuchar el “tun tun” de mi corazón. Puedo decir que casi casi se salía
de mi pecho. Se sentía “rico”.
Hicimos un almuerzo, típico de los sábados, pero con todo el
mundo. Estaban primos, tíos, amigos, todos llegaron para darte la bienvenida.
Es que nunca se está tanto tiempo afuera manteniendo el mismo amor de siempre
no? Veía a todos tan felices que hasta me puse a pensar “si me fuera por casi 4 años y regresara de la nada, la gente me tendría
el mismo cariño o se olvidaría de mí”. Al parecer me escuchaste, y te
acercaste diciéndome “hijita, eres mi
hijita o la hija del vecino?”. La respuesta era obvia, y la enseñanza
también. De tal palo, tal astilla.
…Y cayó la noche, de ese mágico día…
Pensando en lo que haríamos al día siguiente, nos fuimos a
dormir. Querías pasar el día con mi mami en un lugar bonito, Cieneguilla tal
vez. Recuerdo esa palabra como si fuera mi nombre, no sé por qué. Quisiste ir
esa misma noche pero les dijimos que mejor esperasen a mañana. Y por alguna
razón, no me quería ir a dormir. Te miré por horas, hasta que te quedaste
dormido y caminé hacia mi cuarto. Me tapé hasta el cuello y me acurruqué hacia
el lado derecho, viendo la ventana. Una profunda tristeza me invadió de repente.
Las lágrimas empezaron a correr de mis ojos, los sollozos no demoraron en
aparecer y hasta el dolor de cabeza me agarró de improviso.
… Y entonces comprendí todo…
Todo estaba en mi cabeza…
Abrí los ojos con el corazón a mil y cogí mi celular.
No era el día siguiente mi cumpleaños.
Tampoco tenía ninguna llamada perdida.
Era 27 de mayo…
A 3 años y 8 meses de viaje sin retorno.