De chiquita siempre me enseñaron que rezarle a los ángeles era un muy buen ejercicio. Me encantaba saber que existían seres especiales que velaban por nuestro bien y por qué no, por los sueños bonitos. Una vez tuve un libro de ángeles que explicaban los diferentes tipos que vivían en un reino celestial.
Con el pasar de los años, no quiero decir que ya no creo en ellos, siempre les hablo y les converso pero ya no tanto como cuando era niña y cerraba los ojos en la noche pidiéndole al mío, porque estaba convencida que cada uno tenía un ángel especial, que me hiciera soñar cosas bonitas.
El año pasado, me llegó una cadena, así como esas de internet pero en esta "no tendrías siete años de mala suerte si la rompías ni te pasarían cosas malísimas" solamente estarías dejando pasar la oportunidad de iluminar tu casa un poco más con la presencia de un angelito.
- Enana esas cosas no sirven. Solo reza y ya está!
- No Lalo! Yo quiero hacerlo porque me gusta creer en algo. Además, qué daño nos hace!
- Bueno, como quieras.
Es así como cierto día a las 10:00 pm hicimos juntos el ritual de hacer pasar a unos tres angelitos que se irían luego de unos días a la casa de cinco personas que yo eligiera. Lo hicimos y nada pasó. El fin no era recibir una sorpresa al cabo de esos días, sino, para mí el fin de todo era abrir tu corazón un poco más y creer en "algo" con mucha fe.
Es así como hace unos meses me contaron que a los angelitos les gustan los caramelos. Y, si es que uno busca que se le de algo especial, es bueno ponerle un platito con algunos caramelitos y pedirles ese deseo con todas las fuerzas del mundo. Sé que no es 100% real ni mucho menos, pero yo al menos, siento algo bonito cuando confío en algo externo. Algo más allá de lo visible que sepa lo que quiere realmente mi corazón.
Y por eso lo hice. Una vez más, le comenté a Lalo lo que quería hacer, pero era necesario contar con él y con todas sus fuerzas para hacerlo real.
- Ay Enana otra vez? Esas cosas son sonseras.
- No hables así! En serio me gustaría que me apoyes alguna vez en tu vida sin protestar.
- Bueno ya pues está bien.
Fuimos a comprar los caramelos a la tienda y al llegar a la casa preparé un plato hondo con agua (para evitar que se suban las hormigas) y encima un pequeño bowl primero con 6 caramelos ya sin envoltura. Me dije que 6 eran muy poquitos, qué pasaba si querían más. Puse entonces dos más pero 8 no era un número ni tan tan ni muy muy. Así que puse uno más, pero el número impar no me agradaba mucho así que abrí un número 10, pero de ahí me di cuenta que habían más amarillos y blancos y casi nada de rojos y morados. Así que decidí poner 4 de cada color. Es así como 16 caramelitos rellenaron todo el recipiente que coloqué sobre el plato con agua. Se veía muy bonito.
Lo puse encima de nuestro aparador en donde está el televisor y empezamos a pedirle a los angelitos que cojan lo que quieran. Que se paseen por la casa y nos ayuden a confiar en que todo tiene que llegar cuando tenga que llegar. Ojo, no le pedíamos que nos ayude a conseguirlo, solo que nos de fuerzas para aceptar lo que venga. Sé que aunque deje un kilo de caramelos el deseo no depende de eso. Es mucho más que eso.
Cada día llegaba a la casa y me paraba de puntitas para ver los caramelos. No mentiré. En mi mente pensaba en "qué pasaría si faltaba un caramelo, o encontraba uno mordido o medio chupado", la imaginación es tan grande y extraña. Por más que creía que era un imposible, se me cruzaban esas historias increíbles.
Todo seguía igual, la misma cantidad de caramelos, y la misma invitación imaginaria a pasar por ellos e iluminar mi casa.
Lo raro empezaría la noche siguiente...