Una vez más caminaba sobre el mismo lugar a la misma hora...
Había llegado hacía solo unos minutos pero no podía dejar de emocionarse al ver el reloj y comprobar que faltaban 15 escasos minutos para las 6:00 de la tarde. Bajó del carro poniendo los pies en el suelo con cuidado para no pisar alguna piedrita traviesa que quisiera ponerse en medio para dificultar el camino y cogió sus zapatos con la mano derecha.
- ¿A dónde vas? - preguntó el padre preocupado al ver bajar a la niña entusiasmada mirando al océano.
- Voy a la orilla papá. Quiero ver cómo el sol se despide del cielo y se mete a su cama para dormir hasta mañana.
- Pero entra a dejar tu mochila primero niña. O acaso vas a dejar que este viejo cargue todo solo?
- Ay papá, no demoro! Son solo unos cuantos minutos. Ya vuelvo!
El padre se quedó sostenido de la puerta mientras la figura de la niña se hacía cada vez más y más pequeña en el horizonte. La neblina dificultaba un poco la visión del hombre pero no hacía falta ver la silueta para sentir que su hija estaba bien. Era feliz en ese lugar. Siempre lo fue.
Llegó a la orilla del mar, no sin antes tirar sus zapatos y soltarse la cola de caballo que su mamá le había hecho con mucho cuidado en el camino. Miró el profundo mar como si fuera una persona, los ojos fijos en un punto de la inmensidad, justo en donde una delgada línea parece separar el mar del cielo y paso a paso lentamente se acercó a la espuma blanca.
La punta de sus dedos empezó a sentir que el agua inundaba sus dos pies. Siguió avanzando un poco más humedeciendo la basta de sus pantalones hasta hacerlos más pesados. Inhaló el aire puro de esa tarde de primavera con ojos muy abiertos concentrada en ese mismo punto donde separan los dos elementos. Giró a la izquierda e inició la caminata habitual hacia las grandes rocas que delimitan el final de la playa.
Cada uno de sus pasos parecía bajarle un grado a la luz del cielo, pues poco a poco caía la noche y el sol se iba ocultando en el fondo del mar, siempre acompañando sus pasos. Estiró la mano derecha como si el mismo sol le pidiera que entrelazaran sus dedos para acompañarse en el camino. Sonrió bajando la mirada.
Luego de unos minutos llegó a la roca inmensa, y en esa roca inmensa había un peñasco y en ese peñasco unas algas y en esas algas estrellas de mar, y en esas estrellas caracolas y en esas caracolas se oía el susurro del mismo mar que tenía delante de sus ojos. Tomó una, la más grande de todas y se la llevó al oído.
- ¿Qué es eso que quieres decirme y nunca lo logras? Trato de entenderte y no logro más que oír tus suspiros. ¿Por quién? Extrañas a alguien tal vez? No lo entiendo.
Se sentó en una piedra a la que no llega el agua, solo con la puntita de los dedos a penas. Recogió las rodillas y posó nuevamente la mirada en el fondo del mar. El sol le daba los últimos besos de buenas noches al océano grandísimo hundiéndose en él llevándose la poca luz que quedaba. Era hora de volver.
Bajó la cabeza y regresó a donde la esperaban sus papás en la misma posición que los dejó. Regresó sin respuestas pero con la misma sensación de plenitud de siempre.
¿Qué sería eso que el mar intentaba decirle todos los días que se encontraban?