Teníamos que dormir temprano, pues al día siguiente planeábamos salir apenas cantaran los gallos. Apagamos la tele y nos acurrucamos debajo de las plumas de nuestro cobertor que sumado a mi cafarena cuello tortuga mas mi chompon de polar (mata pasiones total) me mantiene al menos un "poco menos" congelada. Este sí que es uno de los inviernos más soñados para los amantes del frío como yo.
Recuerdo que soñé super extraño. Estaba, nada más y nada menos, que en una locación muy bonita: un baño público. Sentados en el piso conversando mi mamá, mi papá y Lalo. No puedo decir de qué hablábamos porque simplemente eran cosas sin sentido que ni me acuerdo, pero fuimos interrumpidos por un sonido extraño. ¿Qué suena?, pregunté sin mover los labios a lo que mi mamá respondió "qué feo! Son lechuzas!!! No escuchen, no escuchen porque trae mala suerte". Luego de escuchar esa frase sucedió... abrí los ojos de par en par y me choqué con una "cruda realidad". Había despertado en el mejor-peor momento.
Sentí que el agua caía al suelo como si no existiera un techo encima de nuestras cabezas, era una ducha española abierta al máximo. Sobre exaltada grité, "Lalo! El agua!!!" Corrí agarrándome la frente como si hubiera olvidado dónde había dejado mis zapatos. Me acerqué a la cocina sin mirar hasta que escuché las pisadas de Lalo "splash, splash". Todo estaba inundado y yo seguía pensando que estaba en un baño escuchando lechuzas.
Saqué la mano por la ventana a ver si había un diluvio universal, pero no. No caía ni una sola chispa, porque aquí no llueve, sino chispea. Entonces, "de dónde es que sale tanta agua!". Se escuchaba como un río corriendo encima de la casa. "Esto es una pesadilla y aún no me despierto" no dejaba de pensar. Pero todo se veía tan real: buscando baldes para que caiga el agua que se filtraba por el techo, las goteras a no solo eran en la cocina sino también en el baño de visita, en mi baño, en lo closet, QUE ESTABA PASANDO!
Era muchísima agua como para haberse acumulado con la lluvia de los días pasados, ni que estuviéramos en esos lugares donde llueve hasta 30 días al mes (no exagero, googleen y me creerán). De algún lado tenía que salir toda esa cantidad de agua.
Mientras recogía con escoba y recogedor el agua que se había empozado en la sala, Lalo trataba de dar con el problema. "Es algo en el techo, ahí está la terma". Yo insistía con que el agua se había acumulado de hace "años" según yo y solo tenemos menos de dos viviendo ahí. "Imposible que sea la Terma, es nueva. Menos de dos años" dale y dale con mi punto de vista hasta que vi muchas goteras más. Era para mí el fin de mis vacaciones que hasta ese momento no habían empezado. Mi maleta hecha, y todo listo para salir me empezó a frustrar. El día iba aclarando, pues nos despertamos con el diluvio a las cuatro de la mañana y ya eran casi las seis y no paraba el goteo.
Llamamos a nuestra gasfitera, electricista y doctora multifacética: mi mamá, quien apoyó la teoría de Lalo. "Cerremos la llave general del agua", dijo. Minutos después, la gotera cesó. YA no caía más agua y era un milagro. Todos veían lo que tenían que hacer, llamar a un gasfitero real a que dé con el problema principal mientras yo seguía tratando de secar lo inundado. Dejé la escoba y empecé a poner toallas en el piso a que chupe el agua, casi me matan todos después pero era más rápido y fácil. Total, mis vacaciones de dos miserables días tenían que empezar "ese día".
La terma colapsó y el agua empezó a escaparse por un huequito. Mala calidad y poca vida. Una vez más, una prueba de que lo barato sale caro, aunque no era mala marca. Seguimos aprendiendo, esta vez, sobre gasfitería.