Siento que se me acaba el tiempo y no sé para qué.
Como si estuviera en una carrera contra el reloj.
A pesar de tener varios proyectos en la carrera, no es eso.
Esos proyectos me llenan de vida.
Y de aftas en la boca por el estrés.
Pero son proyectos que me ilusionan en el fondo.
Son bullets en mi vida que debo visar en este tiempo.
Ante que llegue Octubre.
O después incluso.
Pero no es ese el punto por el que corro.
Corro por ansiedad.
Por impaciencia y desesperación.
Corro mirando al suelo cuando debería mirar al frente.
Para no tropezar aunque sepa que luego podré levantarme.
Corro porque me creo intranquila.
Cuando así deberían estar quienes realmente lo merecen.
Quiero caminar en lugar de correr.
Dejar de luchar con el tiempo cuando este ni siquiera está en contra.
Quiero dejar correr solo las manesillas del reloj.
Ya no mis piernas.
Solo las manesillas.
No quiero estallar como el Big Bang cada vez que algo me irrita.
Eso me aleja de lo que realmente soy.
De los que me quieren con el alma.
Y ese no es mi objetivo.
Corro porque no quiero pensar en lo que veré si camino.
Porque la vida a veces va a otro ritmo.
No al mío.
Corro para que los que me adelantan no estén solos.
Y miro atrás para ayudar a los que vienen.
Pero qué si me canso y decido caminar.
Qué si prefiero ser cauta y avanzar al ritmo de la corriente.
Porque después de todo...
a dónde se van las horas que pasan y se llevan un poco de mí.
A dónde va ese tiempo invertido si al final todo termina en llanto.
No digo que así tenga que ser siempre,
pero últimamente así resulta.
Risas,
juegos,
bromas,
planes,
emociones,
besos,
cosquillas,
palabras,
fotos,
y al final un soplido fuerte y se acabó.
Todo se derrumba tan rápido como se crea una sonrisa.
Pero ahora no quiero correr.
Quiero caminar ligero y a paso firme.
Confiada en que cuando venga el próximo nivel, lo pasaré sencillo.
Nivel finalizado = pendiente visado.
Ese es mi objetivo.
Mi meta ideal.
Tal como un día me enseñaste.
Tal como un día me dijiste que donde ponga la marca...
... se hace una historia.
Y una tan linda como un sueño.
Lo que hay en un rincón de mi mente
Tengo el orgullo de poder decir que la persona más importante en mi vida fue un verdadero heroe.
Un hombre que con cada palabra, me enseñó a ser lo que soy ahora.
Un hombre que por 65 años, se dedicó a vivir sus sueños y a hacerlos realidad.
Un hombre por el que yo daría la vida.
Un hombre que aunque ya no esté conmigo, en este mundo, lo está a cada minuto en mi corazón,
en mi mente, en mi alma.
Un hombre al que le dedico este blog.
Un hombre al que yo prefiero decirle papá...
Un hombre que con cada palabra, me enseñó a ser lo que soy ahora.
Un hombre que por 65 años, se dedicó a vivir sus sueños y a hacerlos realidad.
Un hombre por el que yo daría la vida.
Un hombre que aunque ya no esté conmigo, en este mundo, lo está a cada minuto en mi corazón,
en mi mente, en mi alma.
Un hombre al que le dedico este blog.
Un hombre al que yo prefiero decirle papá...
31.3.11
Correr o caminar
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Ando filosofando,
la otra yo,
moraleja???
30.3.11
Yellow Submarine
Hace unos días alguien me ayudó a recordarte como fuiste siempre. Esa era una de las razones por las que decidí escribirte casi a diario, para nunca olvidarme de un solo detalle de ti. De como fuiste mientras viviste a mi lado. Incluso antes de que yo naciera. Siempre fuiste así. Dándolo todo por tu familia. Así, también te recuerdan muchas personas que tal vez solo llegaron a conocer una pequeña parte de ti.
Es lindo leer las palabras de Lenya por ejemplo, que aunque me dijo que tal vez yo no me acordaba de ella, Lissy sí lo haría, y así fue. Se acordaba perfectamente de cuando iba a jugar a la casa. Su papi trabajó contigo muchos años y ellas estaban en la misma promoción del colegio. Leer su comentario me hizo sentir un poco mejor... al final no todo es como lo pensé... con Karina y Lissy fuiste incluso MÁS sobreprotector que conmigo. Como dice mi mami, yo los agarré ya cansados de criar hijos.
Me ayudó a recrear un momento en mi cabeza que ya luego constate con la realidad y no fue muy distinto que digamos. Era un día de paseo en el colegio y tú habías ido a trabajar como todos los días. La diferencia la puso el paseo al submarino que haría la promoción de Lissy. Obviamente, no la dejaste ir e inventaste cualquier malestar para justificar su falta en el famoso "memorándum". En tu oficina al encontrarte con el papá de Lenya como siempre, le preguntaste si él la había dejado ir, y él, al comentarte que no sabía mucho sobre el paseo, llamó tu atención de tal forma que empezaste a alarmarlo "innecesariamente" pero justa para ti. "Ese submarino se puede hundir, los niños agarran todo y qué pasa si activan algo que hace que el submarino se hunda a grandes profundidades o si al cruzar el puente se caen al agua y se golpean. Son niños!". En el segundo el papá de Lenya llamó a su mamá para "impedir" que vaya al paseo. Afortunadamente, como la misma Lenya dice, ellos ya estaban en el bus camino al submarino cuando el papá preocupado llamó.
Así eras tú. Siempre preocupado por los demás. Tanto pensabas en la gente que te rodeaba que dejabas pasar muchas cosas tuyas por pensar en mil personas a la vez. Por eso te operaron del hombro mucho tiempo después del que realmente debieron hacerlo, por ejemplo.
De esas tenga tantas, pero tantas historias que no sabría ni por dónde empezar a contarlas. Como cuando me esperabas en la puerta de los quinceañeros porque cuando me recogías aun no quería irme (misma cenicienta a las 12:00 era muy temprano pues) y me esperabas una media hora en el carro mientras yo seguía con mis amigas. También recuerdo las veces que a pesar de sentirte mal acompañabas a mi mami a donde sea, incluso a hacer las compras solo para que no vaya sola. Y las veces que con el puño cerrado te aguantabas el llanto en innumerables momentos duros por los que tuvimos que pasar.
Juntos.
Ese es el recuerdo más valioso que puedo tener.
Tu verdadera forma de ser.
Y aunque sea difícil aceptarlo a veces, le doy gracias al que está arriba contigo por dejarme vivir contigo los mejores años de mi vida, y no permitirme verte sufrir. Aunque de viejito, yo te hubiese cuidado tanto, como tú nos cuidaste siempre a nosotros.
Es lindo leer las palabras de Lenya por ejemplo, que aunque me dijo que tal vez yo no me acordaba de ella, Lissy sí lo haría, y así fue. Se acordaba perfectamente de cuando iba a jugar a la casa. Su papi trabajó contigo muchos años y ellas estaban en la misma promoción del colegio. Leer su comentario me hizo sentir un poco mejor... al final no todo es como lo pensé... con Karina y Lissy fuiste incluso MÁS sobreprotector que conmigo. Como dice mi mami, yo los agarré ya cansados de criar hijos.
Me ayudó a recrear un momento en mi cabeza que ya luego constate con la realidad y no fue muy distinto que digamos. Era un día de paseo en el colegio y tú habías ido a trabajar como todos los días. La diferencia la puso el paseo al submarino que haría la promoción de Lissy. Obviamente, no la dejaste ir e inventaste cualquier malestar para justificar su falta en el famoso "memorándum". En tu oficina al encontrarte con el papá de Lenya como siempre, le preguntaste si él la había dejado ir, y él, al comentarte que no sabía mucho sobre el paseo, llamó tu atención de tal forma que empezaste a alarmarlo "innecesariamente" pero justa para ti. "Ese submarino se puede hundir, los niños agarran todo y qué pasa si activan algo que hace que el submarino se hunda a grandes profundidades o si al cruzar el puente se caen al agua y se golpean. Son niños!". En el segundo el papá de Lenya llamó a su mamá para "impedir" que vaya al paseo. Afortunadamente, como la misma Lenya dice, ellos ya estaban en el bus camino al submarino cuando el papá preocupado llamó.
Así eras tú. Siempre preocupado por los demás. Tanto pensabas en la gente que te rodeaba que dejabas pasar muchas cosas tuyas por pensar en mil personas a la vez. Por eso te operaron del hombro mucho tiempo después del que realmente debieron hacerlo, por ejemplo.
De esas tenga tantas, pero tantas historias que no sabría ni por dónde empezar a contarlas. Como cuando me esperabas en la puerta de los quinceañeros porque cuando me recogías aun no quería irme (misma cenicienta a las 12:00 era muy temprano pues) y me esperabas una media hora en el carro mientras yo seguía con mis amigas. También recuerdo las veces que a pesar de sentirte mal acompañabas a mi mami a donde sea, incluso a hacer las compras solo para que no vaya sola. Y las veces que con el puño cerrado te aguantabas el llanto en innumerables momentos duros por los que tuvimos que pasar.
Juntos.
Ese es el recuerdo más valioso que puedo tener.
Tu verdadera forma de ser.
Y aunque sea difícil aceptarlo a veces, le doy gracias al que está arriba contigo por dejarme vivir contigo los mejores años de mi vida, y no permitirme verte sufrir. Aunque de viejito, yo te hubiese cuidado tanto, como tú nos cuidaste siempre a nosotros.
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cajoncito de recuerdos,
Respiros
29.3.11
¿Qué hacer?
Todo era tan perfecto que parecía un sueño. Por eso la famosa frase que solo se llega a entender con el pasar de los años: no todo en la vida es color de rosa. Y así como hay momentos lindos y dignos de querer enmarcarlos en cuadros de oro para tenerlos siempre presentes, también están esos ácidos momentos que te hacen decir: ojala que todo sea un mal sueño. Pero lo malo, es que jamás despiertas de él.
Hoy me desperté pensando que todo lo que me pasó ayer fue un sueño. Creí haber dormido tanto que viví casi dos días en uno solo. Pero no fue así. Abrí mi agenda y al ver que era martes entendí que solo es una de esas etapas en las que las decisiones que se tomen tienen que ser pensadas una y otra vez. Darle vueltas al mismo "y qué pasa si..." que aunque suene a puro miedo, es una pregunta que siempre te lleva a la respuesta correcta. No es que tenga miedo, lo que pasa es que no quiero equivocarme. No quiero arrepentirme de los pasos que yo misma decido. De los ladrillos que voy poniendo uno a uno. Ahora ya no estoy sola, sino tengo a mi lado a la persona que formará parte del resto de mi vida y también debo pensar y decidir por él. Por mí.
Vuelvo a decirte lo que tantas veces dije: ¿qué harías tú si estuvieras en mi lugar?. Tu respuesta sería "tirarme firme con el paracaídas bien abrochado y asegurado", pero no puedo tener tu valentía. No soy tan práctica como tú, que aunque a veces parecieras darle mil vueltas a un solo tema por más chiquito que sea como el sabor de helado que comprabas los domingos para el postre, al final siempre era sencillo para ti decidir. Como qué nombres ponernos a los 4 junto con mi mami, la fecha en la que te casarías, venirte a Lima sin tener miedo a vivir solo sin mis abuelitos, qué estudiar al salir del colegio, y ser el mejor piloto del mundo aunque sea solo para los ojos de tu hija.
Esas son decisiones que al final de cuentas son especiales y marcaron tus días. En mi caso, lo que debo responder no es tan especial como las decisiones que te digo. No es nada que no pueda remediar con tiempo, paciencia, y mucho buen humor. Las que tuviste que tomar marcaron cada uno de tus logros, de tus partidas y llegadas, de tus huellas en mi corazón y estoy segura que en muchos más. No solo el mío. Aunque estoy convencida que solo te arrepientes de una decisión, y eso es lo que me hace dudar y pensar que puedo arrepentirme de una movida. Eso es lo que me hace pensar antes de subir el escalón. Me hace temblar de solo pensar que tal vez querré retrocederlo en un tiempo.
Sí... estoy segura que si de algo te puedes arrepentir de las decisiones que tomaste durante tu vida, es de haberte ido a volar ese sábado sin escuchar lo mucho que te quiero.
... te necesito más de lo que algún día creí posible...
Ni en la más loca de mis pesadillas...
Hoy me desperté pensando que todo lo que me pasó ayer fue un sueño. Creí haber dormido tanto que viví casi dos días en uno solo. Pero no fue así. Abrí mi agenda y al ver que era martes entendí que solo es una de esas etapas en las que las decisiones que se tomen tienen que ser pensadas una y otra vez. Darle vueltas al mismo "y qué pasa si..." que aunque suene a puro miedo, es una pregunta que siempre te lleva a la respuesta correcta. No es que tenga miedo, lo que pasa es que no quiero equivocarme. No quiero arrepentirme de los pasos que yo misma decido. De los ladrillos que voy poniendo uno a uno. Ahora ya no estoy sola, sino tengo a mi lado a la persona que formará parte del resto de mi vida y también debo pensar y decidir por él. Por mí.
Vuelvo a decirte lo que tantas veces dije: ¿qué harías tú si estuvieras en mi lugar?. Tu respuesta sería "tirarme firme con el paracaídas bien abrochado y asegurado", pero no puedo tener tu valentía. No soy tan práctica como tú, que aunque a veces parecieras darle mil vueltas a un solo tema por más chiquito que sea como el sabor de helado que comprabas los domingos para el postre, al final siempre era sencillo para ti decidir. Como qué nombres ponernos a los 4 junto con mi mami, la fecha en la que te casarías, venirte a Lima sin tener miedo a vivir solo sin mis abuelitos, qué estudiar al salir del colegio, y ser el mejor piloto del mundo aunque sea solo para los ojos de tu hija.
Esas son decisiones que al final de cuentas son especiales y marcaron tus días. En mi caso, lo que debo responder no es tan especial como las decisiones que te digo. No es nada que no pueda remediar con tiempo, paciencia, y mucho buen humor. Las que tuviste que tomar marcaron cada uno de tus logros, de tus partidas y llegadas, de tus huellas en mi corazón y estoy segura que en muchos más. No solo el mío. Aunque estoy convencida que solo te arrepientes de una decisión, y eso es lo que me hace dudar y pensar que puedo arrepentirme de una movida. Eso es lo que me hace pensar antes de subir el escalón. Me hace temblar de solo pensar que tal vez querré retrocederlo en un tiempo.
Sí... estoy segura que si de algo te puedes arrepentir de las decisiones que tomaste durante tu vida, es de haberte ido a volar ese sábado sin escuchar lo mucho que te quiero.
... te necesito más de lo que algún día creí posible...
Ni en la más loca de mis pesadillas...
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Ando filosofando,
Maria estressss,
moraleja???
28.3.11
Se fue otro domingo, y ahora, lunes otra vez
Ayer me acordé de los domingos de hace algunos años... tú despertándote muy tempranito a sacar a Bruno. Te ponías tu casaca, esa que aun sigue colgada en el respaldar de la silla de cuarto. Como si aun esperara cada domingo por ti. Luego con un suavecito "ya Bruno tranquilo, te llevo a la calle pero no hagas bulla que vas a despertar a todos" bajaban juntos las escaleras y lo sacabas a pasear.
Afuera, cruzaban la pista para comprarme mi Perú21 como todos los días. Sabías que era tan adicta a los crucigramas que no podías dejar pasar un día sin ponerlo en mi mesa de noche para que sea lo primero que vieran mis ojos al abrirse cada mañana. Ahora, he retomado esa costumbre. La había dejado porque, la verdad, creo que se me hacía difícil llenarlos pensando que no fuiste tú el que me lo compró ese día. Pero como siempre, uno aprende a vivir diferente de vez en cuando. Cuando es necesario.
Después de esa caminata, cuando Bruno ya estuviera con la lengüita afuera por el calor y el cansancio de caminar, entraban a la casa y dejabas tu casaca en su mismo lugar. Subían las escaleras, él más rápido que tú como queriendo ganarte la carrera de ir a ver a mi mami, y ella hacía la pregunta que hasta hoy, la caracteriza cuando se trata de sacar a Bruno a la calle: "le limpiaste sus patas? sus bigotes? su poto y su pipi?". Hasta ahora lo hace. Solo que cambió el papel toalla mojadito por pañitos húmedos para potito de bebé. Según Lalo, mi pobre Brunito por eso se volvió "mariposón", como tú le decías de broma.
Pero lo que más recuerdo de esos domingos mañaneros, era tu jugo de papaya en la licuadora. El sonido de la máquina licuando los grandes trozos de papaya con naranja y demás fruta que le metías, a veces para experimentar, me despertaban pero no de golpe. Sino como un bonito empujoncito que me hacían entre abrir los ojos para decirme que ya era domingo por la mañana. El último día de descanso. El día que siempre querías quedarte en pijama todo el día, si era posible, viendo películas en tu cama. "Cuaaaaaando me moriré para descansar por fin", decías siempre que te dabas cuenta que había algo por hacer. Nunca creímos que eso tan loco que decías, podía hacerse realidad. Pero siempre te decíamos un molesto "qué hablas!" para que dejaras de hablar sonseras.
Nunca tomé esos jugos que preparabas cada domingo con puro corazón. No los probé porque sabes mejor que nadie como odio el olor a papaya. Sabes cómo siempre cuando te veía comer tus trozos de esa fruta tan olorosamente desagradable (nuevamente con el perdón de los papayeros) y me decías "prueba hijita" yo prácticamente desaparecía de la escena. Pero a pesar de eso, ahora mi mami los licua por ti. Y ahora, lo mejor de todo, es que me tomo todo el vaso que me sirve. No el jarro que tú tomabas, pero sí un vaso. Y así comenzaban los domingo hace un tiempo. Listos para empezar la semana los lunes como hoy. Llenos de energía por recordar todo lo que siempre hacías por nosotros. Esos detalles que llenan mi vida de esperanza y también de orgullo.
Los domingos pasan... tratamos de seguir tus pasos y tú por fin pasas un domingo descansando como tanto querías. Pero serían mejores domingos si los pasáramos juntos... de nuevo.
Afuera, cruzaban la pista para comprarme mi Perú21 como todos los días. Sabías que era tan adicta a los crucigramas que no podías dejar pasar un día sin ponerlo en mi mesa de noche para que sea lo primero que vieran mis ojos al abrirse cada mañana. Ahora, he retomado esa costumbre. La había dejado porque, la verdad, creo que se me hacía difícil llenarlos pensando que no fuiste tú el que me lo compró ese día. Pero como siempre, uno aprende a vivir diferente de vez en cuando. Cuando es necesario.
Después de esa caminata, cuando Bruno ya estuviera con la lengüita afuera por el calor y el cansancio de caminar, entraban a la casa y dejabas tu casaca en su mismo lugar. Subían las escaleras, él más rápido que tú como queriendo ganarte la carrera de ir a ver a mi mami, y ella hacía la pregunta que hasta hoy, la caracteriza cuando se trata de sacar a Bruno a la calle: "le limpiaste sus patas? sus bigotes? su poto y su pipi?". Hasta ahora lo hace. Solo que cambió el papel toalla mojadito por pañitos húmedos para potito de bebé. Según Lalo, mi pobre Brunito por eso se volvió "mariposón", como tú le decías de broma.
Pero lo que más recuerdo de esos domingos mañaneros, era tu jugo de papaya en la licuadora. El sonido de la máquina licuando los grandes trozos de papaya con naranja y demás fruta que le metías, a veces para experimentar, me despertaban pero no de golpe. Sino como un bonito empujoncito que me hacían entre abrir los ojos para decirme que ya era domingo por la mañana. El último día de descanso. El día que siempre querías quedarte en pijama todo el día, si era posible, viendo películas en tu cama. "Cuaaaaaando me moriré para descansar por fin", decías siempre que te dabas cuenta que había algo por hacer. Nunca creímos que eso tan loco que decías, podía hacerse realidad. Pero siempre te decíamos un molesto "qué hablas!" para que dejaras de hablar sonseras.
Nunca tomé esos jugos que preparabas cada domingo con puro corazón. No los probé porque sabes mejor que nadie como odio el olor a papaya. Sabes cómo siempre cuando te veía comer tus trozos de esa fruta tan olorosamente desagradable (nuevamente con el perdón de los papayeros) y me decías "prueba hijita" yo prácticamente desaparecía de la escena. Pero a pesar de eso, ahora mi mami los licua por ti. Y ahora, lo mejor de todo, es que me tomo todo el vaso que me sirve. No el jarro que tú tomabas, pero sí un vaso. Y así comenzaban los domingo hace un tiempo. Listos para empezar la semana los lunes como hoy. Llenos de energía por recordar todo lo que siempre hacías por nosotros. Esos detalles que llenan mi vida de esperanza y también de orgullo.
Los domingos pasan... tratamos de seguir tus pasos y tú por fin pasas un domingo descansando como tanto querías. Pero serían mejores domingos si los pasáramos juntos... de nuevo.
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