Pensé que pudo haber sido el síndrome del lunes. Pero ya en la noche y con la luz apagada me puse a pensar.
Tengo lo que siempre quise...
Un esposo que me engríe y me quiere por sobre todas las cosas.
Una casita construida con purito amor.
Una familia hermosa que aunque con sus peleas comunes es la más unida que conocí.
Tengo amigas y amigos de verdad, con los cuales puedo reírme y llorar a la vez.
Recuerdos que mantienen viva mi alma.
Tengo dos manos que escriben cuando mi mente le dice.
Un ideal en el cielo que me inspira todos los día.
Tengo un trabajo que me ayuda a crecer en todo sentido.
Un cerebro.
Dos dedos de frente (tal vez más).
Tengo consciencia.
Tolerancia.
Respeto.
Alegría.
Y para cerrar el círculo y volver al principio...
tengo amor...
Tengo casi todo lo que una persona puede pedir pero algo me falta. Y de vez en cuando cuando me doy cuenta me pongo como ayer. Sin ganas de nada.
Al día siguiente me sacudo el tema, pues pienso que no hay nada que no se quite con agua. Pero hoy al llegar sentí que cargué la misma mochila de ayer en mi espalda. La mochila del desgano. Esa que muchos cargan por años pero yo no pienso quedarme más tiempo.
Está bien que sea diciembre, el mes que más me gustaba pero cambió al bando de los malos desde que te fuiste, desde que las Navidades y Años Nuevos se pasan contentos pero con ese pensamiento que sin duda ronda por las mentes de todos nosotros. Aunque nunca lo queramos decir para no provocar temas de conversación al respecto ni llantos a moco tendido, pensamos en el maldito momento que tuviste que viajar tan lejos. En ese preciso instante que dejaste este mundo que últimamente anda un poco podrido por donde se mire. Pensamos en cuánto han cambiado nuestras vidas desde aquella vez. En cómo estaríamos hoy contigo a nuestro lado.
Que esta será la cuarta Navidad sin ti.
...y se me sigue haciendo un poco imposible...
Pero es verdad.
