Ayer y hoy, he podido ver el momento preciso que el sol se colaba entre las persianas de mi cuarto.
Pude sentir el calor de estar echada a su lado, el lugar más cálido que puedo encontrar en el mundo.
Quise mirarla sin decir nada.
Solo escucharla pasar las páginas de un catálogo diciendo qué compraría mañana para la casa.
Me puso el termómetro y me preguntó mil veces si me sentía mejor.
Quiso preparar algo para el almuerzo que no me haga daño.
Me cuidó como siempre. Como cuando estaba en el colegio y le pedía que ponga el canal de los dibujos.
Pude sentir ese olor a casa que hace unos meses quería volver a sentir.
Abrí cajones.
Desempolvé recuerdos.
Aunque sin dejar mi computadora con mail de la oficina abierto, pude sentir de nuevo, eso que se llama: estar en casa un día de semana.
Aunque enferma hasta el tuétano con visita al doctor y pinchazos a la vena incluidos, sentí que estas cuatro paredes que vivieron tantas cosas conmigo, volvían a mostrarme lo quería ver hace mucho.
Creo que en la noche de ayer, me di cuenta que solo me faltó un pequeño detalle.
Un detalle que a pesar de no poder volver a vivirlo lo tengo más presente que nunca cuando cierro los ojos.
Me faltó sentir ese "hundimiento en mi cama", al lado izquierdo de mi espalda. Seguido de una caricia en la frente con una mano suavita que más parecía la mano de un ángel.
Una vez.
Dos veces.
Para luego sentir tu frente sobre la mía. Nunca dejando de acariciar ahora mi cabeza.
Gesto acompañado de la famosa frase que me acompañó cada día que caía enferma: "cómo quisiera ser yo el que está enfermo y no tú mamita. Pásame tu dolor de panza a mí que soy más grande y fuerte que tú ya? Pásamelo a mí y tú juega tranquila".
Momentos que nadie me roba.
Y aunque no los pueda volver a vivir... sé que siempre que me vuelva a enfermar, alguien desde el cielo pide que le pase todo mi dolor, para yo poder seguir, jugando feliz.