Cómo me gustaría regresar a esos tiempos en que mi estrés más grande era las bolitas que me quedaban en la cabeza cuando mi mami me hacía una cola.
O volver a asustarme por las tonterías típicas cuando uno es niño y le dicen que es el adoptado de la familia o fue recogido debajo de un árbol.
Recordar que los máximos insultos eran "tonta cacona", como siempre recordabas que Karina le decía a Lissy.
O que la máxima enfermedad era tener fiebre y se curaba con un plato de apanado y papas fritas con palta aplastadita.
Llorar porque no quedaban más figuritas en el kioskito del frente y correr a pedirte que me lleves de la mano al de la esquina.
O cuando el más grande y anhelado deseo era tener un perrito que camine por toda la casa y duerma conmigo.
A veces olvidamos que lo que de verdad importa es eso que queda en la memoria.
Y que los problemas del día se van en la noche.
Que los que nunca te dan la espalda, son los que salen siempre en las fotos.
Y los que las toman, también.
Que lo malo no pasa dos veces si no lo permitimos.
Y que siempre hay que estar preparados para todo.
Especialmente, para lo MEJOR.
Que lo malo no pasa dos veces si no lo permitimos.
Y que siempre hay que estar preparados para todo.
Especialmente, para lo MEJOR.
