Cierto día al salir de clases y llegar a casa en la puerta la esperaba la mamama con un paquete en las manos. "Llegó esta caja para ti mi niña", sostenía una especie de regalo envuelto en papel rosado que pesaba un poco más que una bolsa de arena. "¿Pero qué puede ser? Pesa mucho para ser algo tan chico no abuela?. Con una sonrisa y dándole golpecitos en la espalda entraron a la casa y al sentarse a la mesa desesperada la niña empezó a rasgar los papeles haciendo dejándolos al lado de la caja. "Que me estás haciendo un basural mi niña", cantaba la anciana.
Pero grande fue su sorpresa al ver que debajo de todos esos papeles de regalo estaba una común y sencilla caja de cartón. Ambas se miraron extrañadas y al abrir la tapa efectivamente vieron que dentro de ella había solo arena. "¿Quién me regalaría una caja de arena abuela?" y es que ni la sabia anciana podía responder la pregunta porque no sabía la respuesta.
La niña se llevó la caja de arena a su cuarto y la contempló mucho tiempo. Antes de acostarse y al levantarse también. "¿Qué puede significar un montón de arena?", no se dejaba de preguntar qué quería decir ese extraño regalo. La abuela cada día le pedía paciencia y que se concentrara en sus tareas, que tarde o temprano descubrirían el secreto de la extraña caja. Siempre con una sonrisa en los labios. Nada era imposible para ella.

Un buen día, la niña se da cuenta que jamás miró más allá de la caja. Es decir, quiso ver algo más que arena en ese paquete, pero cómo podía verlo si ni siquiera había metido la mano para ver el tipo de arena, tal vez sería arena mágica. O algún tipo de secreto habría de esconder esa misteriosa caja.
Metió la mano al principio con algo de temor pero lo perdió cuando agarró confianza. Nada malo podía haber dentro de ella. Sintió con la punta de los dedos algo frío, un poco duro para ser verdad, tocó un poco más arriba y parecía ir tomando forma. Era una estuatuilla. Sacó la mano asustada, pues no esperaba encontrar algo y mucho menos una especie de estatua inerte y fría. Levantó las cejas suspirando hondo e introdujo nuevamente la mano. Esta vez decidida a extraer el objeto el cual salió dejando una lluvia de arena tras ella. Era hermosa. Una bailarina de cristal que cambiaba de color dependiendo de la luz que le caiga.

La puso en su mesa de noche y la contempló por muchas horas.
Baila bailarina, baila.
Le decía la niña e increíblemente la estatuilla empezaba a dar vueltas sobre su sitio y hasta parecía escuchar una canción de fondo. Era mágica.
La niña corrió al primer piso a ver a su abuela que hacía gelatina en la cocina, "abuela, abuela, la caja de arena sí que era mágica, saqué una bailarina hermosa que cuando recibe luz cambia de color y cuando le digo baila, baila! Y no tiene cuerda ni nada! Es mágica!", la abuela sonreía junto con su nieta, pues había descubierto el secreto más bonito de la vida.
"Baila mi niña, baila", le dijo rozándole la mejilla con su mano arrugadita. "Ese es mi regalo para ti. La vida no solo es un montón de arena, sino es una búsqueda de un secreto que cuando es descubierto parece brillar por sí solo. Baila mi niña, baila".
Se tomaron de las manos y empezaron a dar vueltas sobre su sitio imitando a la bailarina de cristal que seguía dando vueltas sobre su mesita de noche.