Hace unas semanas recibí la llamada de mi primate preferido. El tío Sombrita, más conocido como "el terror de la selva", "la oscura ternura", "el negativo de James Bond" o sea Oscar Luis. No me mates primo, sabes que es con amor. El tema es que su llamada me alegró el día.
Resulta que viajó al rico norte ver a mi tío, hermano de mi papá. El único de la familia que aún vive en nuestro querido Chiclayo. Nada mejor que pasar unos días con el viejo, no primo?
Tirados en el mueble viendo una película de terror, de vampiros para ser más exactos, mi tío se agarró los ojos y empezó a temblar. No estaba asustado, mucho menos estaba llorando, se estaba ahogando de la risa y obviamente Sombrita tenía que preguntar de qué maldad se habría acordado. Y aquí es donde viene la historia.

Mi papá, era una persona super bromista, no había quién se libre de sus palomilladas, tanto así que hasta un cura pagó pato un día. Mi tío, el más chiquito de los tres hermanos, era todo lo contrario, al menos eso es lo que nos cuentan, un poco tímido y calladito. Pero juntos, se divertían de verdad. Un día, cuando tenían alrededor de 11 y 13 años fueron al cine a ver una película de terror. Se trataba de un vampiro que durante toda la película se la pasó mordiendo y mordiendo cuellos, chupando y chupando sangre. Tanto así que ya hasta se aburrían de verlo chupe y chupe. Qué película habrá sido esa, pero parece que ni diálogo tenía. A todo aquel que caminaba "crunch", "slup", muerde y succiona; muerde y succiona, a todo con el que se cruzaba, veía, o saludaba. No había quién se salve. Pasaban los minutos y la película seguía en lo mismo, y luego de unos 40 minutos, un ángel salvador le clavó una estaca enorme al vampiro. En ese preciso momento en el que el maldito abrió los ojos como dos faroles una chica que estaba sentada delante de los dos se quiso levantar de su asiento y casi al mismo tiempo que se oyó el último suspiro del vampiro, gritó: "Toma mierda para que no andes jodiendo a la gente!!!!". Después de un pequeño susto por la sorpresa del grito, la risa inundó la sala y mi tío recuerda casi sin poder respirar atacado de risa que mi papá no paró de reír hasta la llegada a casa. Esta vez la broma no la hizo él, sino se la hicieron a él.
Aún me duelen los cachetes de lo mucho que me reí con mi primo al teléfono. Podía claramente ver a mi papá agarrándose la panza con los ojos chinitos y la boca buscando aire de algún lugar para poder respirar. Esa chica habrá estado tan metida en la película que vivió el momento. Lo máximo...
Qué rico es recordar y reír con un momento que puede volver a vivirse en ese mundo mágico que se llama memoria.
